Mi nombre es Giuseppe






Giuseppe di Stefano sostenía sarcásticamente que la última cosa que haría en su vida sería morirse. Se avino al compromiso hace  tres años, pero  es cierto que su apasionante existencia podría haberse truncado mucho antes,  en el frente de Rusia, si el teniente de su propio regimiento no llega a mediar para repatriarlo.



Advirtió en el soldado un talento excepcional, aunque el oficial no sobrevivió para asistir a la verificación de la profecía. Ni siquiera supo que Di Stefano se ganó la vida en cafés de medio pelo, que estuvo a punto de hacerse cura en los jesuitas y que fue un ídolo en Nueva York.

Queremos decir que Di Stefano era un tenor de leyenda. Vocal, artística y biográficamente. Le llamaban Pippo en plan cordial, pero hay que tomarse muy en serio el apodo porque la plenitud de Di Stefano ha sido alcanzada por poquísimos de sus colegas. Especialmente en los años 50 y 60, cuando el monstruo había encontrado un equilibrio luminoso entre la dicción, el fraseo, el color solar, la sensibilidad, la naturalidad, la presencia escénica, la técnica y la entrega.

Ya tendrían tiempo sus críticos de reprocharle la generosidad. Di Stefano se dejó tentar prematuramente por algunos papeles desmesurados -Turandot, Andrea Chénier- y pudo quemarse antes de tiempo, pero las imperfecciones del personaje redundan en esa falible humanidad que le convertía en dandy, en jugador de casino, en latin lover, en vividor.

Porque fue un superviviente. Superviviente de la II Guerra Mundial. Superviviente de la rivalidad masculina que le rodeaba en la edad dorada (Corelli, Del Monaco…). Superviviente de sí mismo. Superviviente, incluso, de Maria Callas, cuyos fatalismo, morbo y popularidad no fueron suficientes para arrastrar al tenor.




Coincidieron por vez primera en el teatro brasileño de San Paolo (1951). Una versión de La Traviata que serviría de ensayo a la que ambos protagonizaron después en La Scala bajo la tutela de Giulini y de Visconti. El disco puede encontrarse en las tiendas como prueba material del milagro. También merece desempolvarse la Tosca que Di Stefano y Callas grabaron para EMI en presencia de Victor de Sabata.

Es la referencia absoluta de cualquier coleccionista. El ejemplo imperecedero de una sintonía que la pareja trató de prolongar más allá de sus facultades, es decir, la gira de despedida que el tenor y la soprano protagonizaron en 1973 con demasiados achaques crepusculares.


No eran los tiempos de Di Stefano, inútil negarlo. De hecho, el tenor italiano había comprendido que 40 años de carrera se hacían cuesta arriba -debutó en 1946 en Reggio Emilia- y que merecía la pena exiliarse... en Kenia, a contracorriente de toda lógica lírica o melómana.

Allí residía muchos meses del año. Le invitaron a un homenaje y decidió quedarse. Frecuentaba los casinos, disfrutaba del anonimato y viajaba de vez en cuando a Italia para tocar el busto de Verdi. Imaginariamente.

No se merecía Di Stefano que unos delincuentes le dieran una paliza en Diani (Kenia). Ocurrió en 2003, pero las secuelas de aquel traumático asalto fueron determinantes en su estado de posterior agonía. Consumido, inconsciente y casi nonagenario, Di Stefano murió en el silencio del coma. Un final demasiado vulgar para un tenor de leyenda, aunque le gustaría saber que también se produjo entonces un eclipse de sol.


Escrito por: Juanjo Dioses


La música es el corazón de la vida. Por ella habla el amor; sin ella no hay bien posible y con ella todo es hermoso.

2 comentarios :

  1. Mi lista de los 7 mejores tenores de todos los tiempos es la siguiente :
    1- JORGE NEGRETE
    2- EL GRAN CARUSO
    3- LUCIANO PAVAROTTI
    4- PLACIDO DOMINGO
    5- MARIO LANZA
    6- ALFREDO KRAUSS
    7- JOSE MOJICA

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  2. Buena foto!!! Y gracias por la semblanza. Tuve el placer de conocer al Maestro cuando aún iba poco por Kenia, alrededor de 1996.
    Creo conservar una grabación de un concierto homenaje (donde sólo Di Stefano cantó) que yo mismo hice en el pequeño Teatro Rosetum. Si a alguien le interesa !la busco!
    Recuerdo que me dijo: "Javier, yo no creo en la escuela de canto, creo en el talento!.
    bahianobahiano@mac.com

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